SIETE EN EL PARAÍSO: Un Pastor en TV

Médicos, abogados, policías, detectives e investigadores variopintos deben liderar el ránquing de profesionales más habituales en las series de televisión. Frases como “El asesino es un varón blanco, de 30 años y con pocos amigos”, “Salgan y tengan cuidado”, “¡Se nos va, se nos va!” o “Con la venia, señoría” pueblan los diálogos de varios capítulos de distintas propuestas, pero, ¿cuántas pueden presumir de contar con una sentencia que dice que “mientras papá sea pastor nunca tendremos una vida normal”? Sólo una: Siete en el paraíso.

De acuerdo, ya empiezo a detectar cierto malestar entre los defensores del gran pastor de la historia de la televisión, el reverendo Timothy Lovejoy de la Iglesia de Springfield, ese adorable pueblecito coronado por una central nuclear con más fugas que el cerebro de los programadores de Tele 5 y habitado por personajes de piel amarilla. Fans de  Los Simpson, lo siento, pero Lovejoy no pasa de ser un entrañable secundario aficionado a las maquetas de trenes y con la mancha negra en su currículum de ser el padre de Jessica, una chica que cometió el error de llegar a salir con Bart Simpson, aunque con el acierto de crear un neologismo en la abarrotada lista de denominaciones evangélicas. La suya, el brazo Occidental del Presbiluteranismo. Adorable, vaya. Lovejoy también pasará a la historia por haber resumido en el menor número de palabras posibles la respuesta a cualquiera de las preguntas que los habitantes de Springfield le hacen. De hecho, son cuestiones que provienen casi todas de un único personaje: el vecino de los Simpson, Ned Flanders, al que después de ofrecer largas disertaciones, acaba por sacarse de encima con un escueto (pero cargado de sabiduría) “Lee la Biblia”.

Con el permiso, pues, de Lovejoy, el pastor de Siete en el paraíso, Eric Camden, representa el gran papel de un pastor protestante en una serie de televisión. Y con éxito, ya que hablamos de once temporadas (emitidas entre 1996 y 2007) coproducidas por una de las varitas mágicas del sector, la de Aaron Spelling (en su haber, todos de pie, series como Sensación de vivir , Vacaciones en el mar, Dinastía, Embrujadas y la gran trilogía policíaca de los 70: Los Ángeles de CharliE, Los Hombres de Harrelson  y  Starsky & Hutch, mi serie favorita por cierto.

Así, a pesar de parecer una serie con un índice de popularidad limitado, resulta que Siete en el paraíso es el drama familiar que más tiempo ha estado en antena en la historia de la televisión. Sea como sea, la serie muestra el día a día de un matrimonio con cinco hijos (a partir de la tercera temporada, son siete hijos, con un par de gemelos) en la localidad ficticia de Glenoak, en California. Eric y Annie Camden viven con sus hijos Matt, Mary, Lucy, Simon y Ruthie, a los que se añadirán los gemelos Sam y David. Las tramas se centran en situaciones más o menos cotidianas y habituales en cualquier serie familiar (¡que no en cualquier familia!), aunque la diferencia radica en la forma de encararlas, ya que los Camden enfocan todos sus consejos en base a su fe. Eso sí, durante diez temporadas no se desvela a qué denominación pertenecen, hasta que en la última aparece en el púlpito el logo de los Discípulos de Cristo (la cruz de San Andrés y el cáliz) aunque se podría tratar más de un acuerdo con la propia iglesia donde se rodaban algunas escenas que no una resolución del propio guión. Sea como sea, no deja de ser curiosa su relación con una denominación que no se encuentra entre las mayoritarias del país (a pesar de que presidentes de los Estados Unidos, como James Garfield, Lyndon B. Johnson y Ronald Reagan han formado parte de esta comunidad) y que, precisamente, lo que de defiende es acabar con el denominacionalismo y restaurar al máximo el cristianismo primitivo, con congregaciones autónomas que basan su funcionamiento en una interpretación bastante libre de la Biblia.

Pero volvamos a la serie. En cada episodio, repito, la familia Camden suele encarar una situación que debe enfrentarse con una solución basada en la moralidad y en la fe. Así, la forma de tratar temas como los embarazos en la adolescencia, el primer beso, el alcoholismo, las adicciones, las relaciones prematrimoniales o la mentira, entre muchos otros, provocó que se relacionara la serie con la visión más conservadora del protestantismo americano, el que a menudo se vincula al Cinturón de la Biblia, al Partido Republicano y a un exceso de moralina. ¿Por qué, entonces, cautivaba en cada episodio a millones de espectadores? ¿Y por qué sigue haciéndolo en reposiciones alrededor de todo el mundo? En España, por ejemplo, se llegó a reemitir hace un par de años a través de Disney Channel, aunque no es difícil encontrar sus capítulos.  El conservadurismo formal de la serie, de hecho, provocó la salida de la misma de Jessica Biel (que interpretaba el papel de una de las hijas, Mary), ya que los productores consideraron que su creciente popularidad tenía mucho que ver con una imagen de sex symbol, una situación que llegó a su límite con la aparición de unas fotografías de Biel, semidesnuda, en la revista Grear Magazine. Así, Biel desapareció en la quinta temporada, aunque llevó a cabo reapariciones puntuales. ¿Criticable la marcha de Biel? Pues no, ya que los creadores de la serie defendían un modelo de televisión familiar en el que la presencia de un personaje que ya destacaba en otros ámbitos por su sensualidad (o sexualidad, directamente) no convenía a su oferta. Pura ley del mercado, vaya. La verdad es que cada serie busca unos nichos de mercado concretos, un tipo de público más o menos amplio. Es más, lo más fácil habría sido aprovechar, precisamente, el tirón de popularidad de Biel, por lo que sus productores demostraron cierta coherencia con el mensaje que querían transmitir.

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 Jordi Torrents