Culte 21 de novembre de 2021 (streaming)

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Aquí tens el vídeo complet de la retransmissió en directe del culte del dia 21 de novembre de 2021 i les notes del sermó a continuació: “Les meravelloses promeses de Déu – Futur i Esprança” Lorenzo González

Futuro y Esperanza | Les meravelloses promeses de Déu |Javier García | 21 de novembre 2021

Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, a fin de darles un futuro y una esperanza. Jeremías 29.11

Una promesa profética, que nos habla de paz, de esperanza y de futuro. Tengo que reconocer, que Jeremías es uno de los profetas, que más me cautivan. Y si hoy os puedo motivar un poquito para que lo conozcáis un poco mejor, ya estaré satisfecho y contento.

Jeremías fue llamado al ministerio de muy joven, solamente tenía veinte años y ejerció su labor durante cincuenta años.

Esta promesa profética que hemos leído, él nunca la vio cumplida. Sin embargo, vivió confiando en ella. No la vio cumplida, pero vivió confiando en ella. Promesa, que sí que se cumplirá setenta años después de la deportación de los judíos a Babilonia; cuando el rey persa, Ciro, permitió que nos exiliados pudieran regresar a Jerusalén.

En Jeremías encuentro algunas semejanzas con Moisés. Cuando el profeta fue llamado por Dios, este también respondió igual que Moisés, con excusas: soy joven, no sé hablar, no me escucharán… Y al igual que Moisés, que no entró a la Tierra Prometida, nuestro profeta murió en Egipto, donde fue desterrado, sin ver la promesa cumplida.

En Jeremías capítulo 1, leemos estas palabras:

Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:  Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. Y yo dije: ¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño [tenía veinte años]. Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.

Para mí, Jeremías es un ejemplo de lo que es vivir el éxodo de la propia vida. Como acabamos de leer, antes siquiera que Jeremías fuera engendrado y formado en el vientre de su madre, Dios le conocía y tenía un propósito para su vida. Dice el texto que hemos leído: antes de que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. De la misma forma podemos afirmar que, antes de que tú, de que cada uno de los que estamos aquí naciéramos, Dios te conocía, nos conocía, y Él tiene un propósito para nuestras vidas. Desde el mismo momento que fuimos engendrados, nuestro viaje, nuestro éxodo por la vida, comenzó con el propósito de alcanzar aquello para lo cual Dios nos creó, y nos ha llamado.

Tal y como dijo el apóstol Pablo en una ocasión: no que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto; sino que prosigo por coger [por hacer mío] aquello para lo cual también Cristo me escogió.

Desde el momento en que nacemos, comienza un camino desconocido para nosotros, en el que cada día hemos de seguir avanzando, sin saber muy bien qué va a ocurrir al día siguiente. ¿Verdad que no sabes lo que te va a pasar mañana?… Así es para todos.

La buena noticia es, que para Dios nada está oculto. Él ve, con toda nitidez, nuestro principio y nuestro final, así como cada momento de nuestro camino. Él ve la película de nuestra vida, el inicio y el final, y todas las escenas. Y su Palabra es clara: …mis pensamientos para vosotros – para ti-  son de paz y no de mal, de futuro y de esperanza.

Sin embargo, son muchas las vidas, que en el camino pierden el rumbo, o se malogran. De aquí la importancia de aferrarnos a Dios, a sus promesas. Las cuales, realmente son una garantía para la vida.

La promesa profética, que hemos leído al principio fue la que ayudó Jeremías, y a muchos expatriados, a no perder la esperanza de que un día regresarían, volverían, a su Tierra Prometida. Sin embargo, otros optaron por seguir otro camino, un camino alejado de Dios. De lo que era el propósito de Dios para ellos como pueblo. Abandonaron a Dios y abrazaron los dioses que no eran Él, y las costumbres de la gente que los envolvían.

Hermanos, nuestro futuro y esperanza están en Dios. Pero podemos decidir vivir a espaldas de esta realidad ¡Claro que podemos decidir!

A nosotros nos toca el oficio de vivir, [una frase que os voy a repetir varias veces]

Nos toca el oficio de vivir y decidir cómo lo vamos a hacer. Nos toca el oficio de vivir y de decidir cómo lo vamos a hacer. Podemos creer en las promesas de Dios, y dejar que estas nos guíen, o simplemente ignorarlas. Podemos amoldarnos al mundo en el que vivimos, o ser coherentes con nuestros valores. Podemos decidirlo.

Podemos dejar, que nuestra fe en Dios sea una experiencia que nos transforme, o simplemente un bastón de compañía. Podemos cerrar nuestros ojos y manos a las necesidades de este mundo, o podemos vivir conforme a los valores y a los principios que Jesús nos enseñó en el Monte de las Bienaventuranzas.

Mirad, ninguno de nosotros ha escogido nacer y dónde hacerlo ¿Verdad que no lo habéis escogido? Pero cómo vivimos, sí que es nuestra elección. Como he dicho antes, a nosotros nos toca el oficio de vivir. Cómo lo vamos a hacer, es nuestra decisión.

La vida del profeta Jeremías pasó por muchos momentos. Comenzó su ministerio en tiempos del rey Josías, el gran reformador. Una época en la que había paz y se vivía a gusto. Y en la que el joven Jeremías – porque comenzó con veinte años-, experimentó un gran éxito en su carrera profesional como profeta. Apoyando de forma decidida las reformas que el rey Josías había introducido en el pueblo. Fueron unos años brillantes, de ilusión, de esperanza, en los que pueblo experimentó un avivamiento, una vuelta a su fe en Jehová. Sin embargo, las reformas emprendidas por el rey Josías, y apoyados por el profeta Jeremías, no fueron suficientes como para transformar por completo el corazón del pueblo.

A la muerte del Rey Josías, todo comenzó a complicarse, empieza otra historia, y Jeremías entró en una fase difícil en su vida. Pasó de ser una persona de fluencia, a “una voz que clama en el desierto”. Sus palabras no eran creídas. Más aún, no eran seguidas por nadie. Todo lo contrario, le acarrearon enfrentamientos, enemistades, ser abandonado por su propia familia, apaleado, encarcelado, y finalmente desterrado.

¡Cómo es la vida! En un momento estás aquí, en lo alto, y en un instante, todo se viene abajo. Los años de paz y prosperidad, se convirtieron en años de guerra. Una época oscura, llena de intrigas, complots, muerte destierro.

¡Reíos de Juego de Tronos! Id a Jeremías, que vais a encontrar una historia fabulosa. Jeremías creía en Dios, y creía en su promesa de paz, de esperanza, de futuro. Pero todo indicaba lo contrario. Todo indicaba lo contrario. El profeta tuvo que enfrentarse a sus propios fantasmas: dudas, soledad, y momentos de desesperación. Llega hasta el punto de enfrentarse a Dios en un diálogo duro, porque no lo entiende. Un diálogo que refleja su confusión. El profeta se queja a Dios y le dice estas palabras: [Jer. 20:7-9] Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.

Jeremías es un hombre de paz, con un mensaje de esperanza, que le tocó vivir en un tiempo de guerra y desolación. Que tuvo su momento de gloria, como os he explicado, en tiempos del rey Josías. Le tocó sufrir bajo los reyes Joaquín y Sedequías, y la gran tragedia de las invasiones babilónicas. Que pidió paz, intentando convencer al pueblo y a sus gobernantes, que no se alzarán contra Babilonia; para que su ciudad y el Templo no fueron destruidos, pero no lo escucharon. Un profeta, que vivió constantemente amenazado por los círculos del poder, que eran contrarios a su visión de paz. Un profeta público, al que todos juzgaban y le pedían cuentas. Que prosiguió su misión, en medio de muchas pruebas, tanto internas como externas; sin conseguir ningún fruto por su mensaje. Que sufrió el abandono, la deslealtad de su propia gente, a la que él amaba intensamente; y a las que dedicó su vida. Y a pesar de todo esto, a pesar de todo este cuadro, Jeremías se mantuvo fiel hasta el final. A pesar de todo, se mantuvo fiel hasta el final.

Estando en Jerusalén, decidió escribir una carta a los cautivos que estaban en Babilonia, contradiciendo a los falsos profetas, que anunciaban una falsa esperanza; haciendo pensar a la gente que el dominio de Nabucodonosor no duraría mucho, de manera que la vuelta, el retorno a casa, iba a ser inminente.

Jeremías envía una carta aprovechando la oportunidad que le brindaba [Lo hizo de manera clandestina] una embajada, que era enviada por el rey Sedequías a Babilonia [os animo a que leáis Jeremías, es una aventura increíble]; y en esta carta, exhorta al pueblo a llevar con sumisión su cautiverio. Algo que nadie esperaba, que un profeta de Dios dijera. Más aún, les aconseja que se preparan para establecer allí sus hogares, porque van a permanecer allí durante un largo tiempo. Más aún, les dice: además tienes que buscar el bienestar de aquel país, ¡Babilonia! aquellos paganos, como una condición necesaria para nuestro propio bienestar. Os leo parte de la carta, que la podéis encontrar en el capítulo 29 dice así:

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos; ni atendáis a los sueños que soñáis. Porque falsamente os profetizan ellos en mi nombre; no los envié, ha dicho Jehová. Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros  un futuro y una esperanza. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar.

¡Mirad!, extrapolando este texto a nuestra realidad presente, la profecía de Jeremías nos exhorta a vivir nuestro presente, sin perder de vista el futuro que nos espera. Vivir el presente, sin perder de vista el futuro.

Ninguno de nosotros sabemos cuántos años estaremos en este mundo. ¿Alguien lo sabe? ¿verdad que no? pero sí sabemos, que nos aguarda un futuro con Dios. Esta es la esperanza que nunca hemos de perder. Nuestro tránsito, nuestro éxodo, no acaba aquí; sino que se extiende a la eternidad. Jesús mismo lo dijo, cuando afirmó:

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.  

Y el apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, también afirmó lo siguiente:

Porque sabemos que si nuestra morada terrestre este espléndido tabernáculo se deshiciere; tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Por tanto, Procuramos siempre serle agradables

¡Mirad!, las palabras de Jeremías, de Pablo y de Jesús mismo, nos desafían a vivir el presente de forma plena, de forma que agrade a Dios, sabiendo que un día estaremos con Él. Nunca hemos de perder esta perspectiva.

A nosotros nos toca vivir el presente, te toca vivir el presente; a todos. Porque el futuro está garantizado por Dios.

Esto es precisamente lo que Jeremías les dice a los exiliados, exactamente esto: Vivid el presente sin olvidar que Dios tiene un futuro para vosotros. Construir nuestros hogares, multiplicados, buscar el bienestar, el progreso, allí dónde estéis. Orad por el lugar donde vivís. Comprometeros por su paz, porque esto es vuestro bien; y su paz será también vuestra paz.

Hermanos, como os he dicho antes, nuestro trabajo es vivir el presente; pero con esperanza y de forma que agrade a Dios. Y sea cual sea la situación, siempre aferrados a las promesas de Dios; a su promesa de futuro y de esperanza.

Los expertos afirman que la desesperanza es uno de los grandes males de nuestra sociedad. Alguien dijo: “La esperanza es básica para la vida”; quita la esperanza, y nuestro mundo se reducirá algo entre la depresión y el desaliento. Y es cierto, porque la esperanza es el flujo de la vida; cuando está desaparece, no hay lugar para la ilusión, ni para el esfuerzo. Es, como alguien dijo: “Si los años arrugan la cara, el carecer de esperanza arruga el alma; y uno se vuelve viejo”

De forma práctica, vivir con esperanza y futuro es:

Primero, proyectarnos hacia adelante, aprovechando las oportunidades. Aunque estamos “cautivos en Babilonia”, o en nuestras propias circunstancias, o en nuestros propios problemas; siempre avanzando. Como afirma el apóstol Pablo: A los que aman a Dios, todas las cosas – absolutamente todas las cosas-  ayudan a bien…

Y es que, no hay ninguna circunstancia en la vida, que nos pueda ocurrir, de la cual no podamos aprender; aunque a veces las lecciones son muy duras. Es cierto que no podemos cambiar nuestras circunstancias, pero sí podemos controlar cómo reaccionamos ante ellas.

¿Sabéis?, lo importante en la vida, no es tanto lo que nos sucede, sino lo que ocurre dentro de nosotros. Deja que Dios transforme tus experiencias, tus vivencias, en algo enriquecedor. Como dice Pablo: …atesorando de esta forma, un buen fundamento para lo porvenir.

Pablo también decía: porque por fe andamos, y no por vista

Dios, a su tiempo cumplirá lo prometido.

Segundo, vivir con futuro y con esperanza, de forma práctica; es vivir con determinación. Frente a los retos, hemos de tener la valentía de arriesgarnos; no podemos quedarnos parados y estar quietos. Hemos de dar lo mejor de nosotros cuando los retos llaman a la puerta. Poniendo en juego lo que tenemos, lo que Dios nos ha dado; y no enterrándolo.

Los exiliados, a los que escribe Jeremías, tuvieron que aprender a vivir en un entorno hostil – completamente hostil. Tuvieron que enfrentar sus temores, asumir una realidad nueva, ajustarse al cambio.

Lo que marca la diferencia, no es el contexto, sino nuestra respuesta al mismo; cómo te enfrentas a la vida y a sus retos.

Tercero, vivir de forma práctica, con futuro y con esperanza; es procurar lo mejor.

Al igual que Jeremías exhorta a los expatriados a buscar la paz, el bienestar, el progreso de la ciudad, de sus habitantes; a donde había sido enviados no por gusto, habían sido forzados. También hemos de decir, que el Señor nos ha puesto aquí, en esta ciudad, para ser sal y luz. A trabajar por la paz de nuestra ciudad; a rogar por ella y por sus habitantes; a comprometernos a su bien, porque éste será nuestro bien.

¡Mirad! Dios nos ha puesto a cada uno, en una situación distinta. Algunos estáis en la escuela, otros en la universidad, otros trabajando. Dios quiere sacar lo mejor de vosotros.

La cuarta cosa que podemos aprender, para vivir de forma práctica, con futuro y con esperanza; es que hemos de ser fieles hasta el final.

Y este es el ejemplo, que nos ha dejado Jeremías. Hemos de completar nuestro éxodo, a pesar de que no tengamos las cosas que quisiéramos, en el tiempo que quisiéramos. Porque la esperanza deja de ser feliz, cuando va acompañada de impaciencia.

Vivir siendo fieles, es poner nuestras vidas en las manos de Dios. Es decirle: “Tú conoces todas las cosas. Tú sabes lo que va a ocurrir mañana; yo no lo sé”

Es reconocer su Soberanía sobre todo lo que ocurre en nuestra vida. Es aferrarnos a esta promesa de esperanza y de futuro; tal y como Jeremías hizo. Y él no vio la promesa cumplida, pero fue fiel.

Hermanos, Dios no es algo incierto. Él siempre está allí, aunque no lo veamos, y nunca falla. ¡Recuerda! a nosotros nos toca el oficio de vivir, sin perder de vista el futuro y la esperanza que Dios nos promete. A nosotros nos toca el oficio de vivir.

¡El Señor os bendiga!  

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