¿Quién es el dios de la tecnociencia?

¿Quién es el dios de la tecnociencia?

El profeta Isaías, refiriéndose a los ídolos de Babilonia escribió: No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Is. 45:20). 

Ídolos antiguos

El ser humano posee una tendencia natural a crearse ídolos que no salvan. Desde la más remota antigüedad, el hombre se ha inventado dioses a su imagen y semejanza, con sus propios defectos, pasiones y supuestas virtudes. Dioses imperfectos como la humanidad misma, pero a los que, sin embargo, se adoraba y se les rogaba porque supuestamente tenían poder sobre los seres vivos, sobre la naturaleza o sobre la vida y la muerte.

Desmitificación del mundo

No obstante, la llegada de la revelación judeocristiana supuso la desmitificación del mundo y contribuyó al nacimiento de la ciencia moderna. Los fenómenos naturales, como los huracanes, las sequías, los relámpagos, las catástrofes naturales o las epidemias, dejaron de verse como provocados por el enfado de los dioses o por  los malos espíritus, para entenderse científicamente desde la física, la química o la biología.

Hoy vivimos en una cultura científica que ha logrado espectaculares avances en casi todas las áreas de conocimiento humano. Es verdad que la llamada “tecnociencia” o tecnología científica ha hecho mucho más fácil la vida humana. Se curan muchas enfermedades que antes mataban a la gente. Volamos por los aires como las aves y nos comunicamos en tiempo real con cualquier rincón del mundo. 

Sin embargo, no todo lo ha mejorado la ciencia. Estos adelantos han contribuido también a deteriorar el planeta y a hacer todavía más profunda la brecha entre el mundo rico y el mundo pobre.

La ciencia como divinidad

A pesar de esto, muchos siguen hoy confiando en la ciencia y la veneran casi como si fuera una auténtica divinidad, capaz de solucionar todos los problemas de la humanidad. 

Se confía en que la ciencia sea capaz de trasladarnos a lejanos cielos cuando la Tierra se nos vuelva inhabitable y pueda proporcionarnos felicidades materiales sin fin, fusionar al ser humano con las máquinas inteligentes (cíborgs) e incluso erradicar la muerte para siempre.

La tecnociencia se ha convertido actualmente, para algunos, en objeto de culto y adoración, ya que proporciona múltiples aparatos tecnológicos, a los que se les venera durante muchas horas al día. Sin embargo, ni la ciencia ni la tecnología se deben venerar, porque tanto pueden servir al bien de la humanidad, como a su desastre total.

Es cierto que se pueden hacer vacunas que salven millones de vidas, pero también existe la posibilidad de crear armas atómicas o biológicas que nos extingan de la faz de la Tierra. Esta moderna veneración de la ciencia, que se detecta hoy en algunos colectivos, ha venido a sustituir a la fe y a la religiosidad.

Sin embargo, cuando la Biblia dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen… No te postrarás ante ellas, ni les darás culto” (Ex. 20:3-5), está diciendo también que no adoremos la obra de nuestras propias manos humanas.

La ciencia actual es muy distinta de la de los grandes siglos llamados “cristianos”, correspondientes a la Revolución científica del XVI y XVII, básicamente porque no tiene en cuenta a Dios. Y al abandonar la idea de un creador sabio, providente y misericordioso, la ciencia se ha vuelto impersonal, inhumana, injusta y se ha convertido a su vez en un auténtico ídolo. Pero, como todos los demás ídolos, tiene su lado oscuro, posee también los pies de barro.

¿Cómo se originó la ciencia?

Los primeros hombres de ciencia, durante los siglos XVI y XVII, se fijaron en la creación con el deseo de estudiarla y con el convencimiento de que estaban escudriñando la revelación natural y, por tanto, glorificando la sabiduría del Dios creador. En aquella época se pensaba que el estudio del mundo creado era complementario del estudio de la Biblia, ya que todo reflejaba la sabiduría de Dios. De manera que el cristianismo influyó decisivamente en el nacimiento de la Revolución científica.

Por ejemplo, al gran físico y matemático inglés, Isaac Newton (1643-1727), se le conoce sobre todo por haber establecido las leyes de la mecánica clásica, como la ley de la gravitación universal. Sin embargo, lo que a veces no se dice es que Newton dedicó más tiempo al estudio de la Biblia que al de la ciencia y escribió más libros de teología que de física.

Igual que él, otros muchos científicos como los astrónomos Kepler, Copérnico y Galileo; los matemáticos y físicos Euler, Maupertuis, Joule, Ampère, Faraday, Maxwell, etc. fueron creyentes, procedentes tanto del catolicismo como del mundo protestante, que aceptaban a un Dios creador del “cosmos” como realidad ordenada y no caótica. Eran científicos de primera línea, pero creían también que Jesús había resucitado de entre los muertos. Su ciencia no supuso nunca un impedimento para su fe en una realidad trascendente.

Sin embargo, el llamado movimiento positivista o positivismo, que vino después (en el siglo XIX), fue cambiando poco a poco las cosas, al afirmar que solo existía una realidad, aquella a la que la ciencia tenía acceso. La creencia en la existencia de Dios se cambió por la creencia en el misterioso poder impersonal de la naturaleza. 

Dejó de hablarse de “creación” y empezó a divinizarse la “naturaleza”. Se supuso que el Dios de la Biblia había muerto y se colocó en su lugar a otra pareja de ídolos: la diosa naturaleza y el dios de la tecnociencia. Y, de la misma manera que antes se adoraba a las antiguas divinidades sumerias, egipcias, griegas o romanas, también hoy la naturaleza y la tecnociencia son los ídolos en los que muchos fundamentan su fe y su única esperanza.

Frente a cuestiones irresolubles sobre el origen del cosmos, la vida, los seres humanos o la conciencia personal se responde que de alguna manera la sabia naturaleza tuvo que hacerlo sin ayuda de nadie.

Alejamiento de Dios y surgimiento de la idolatría de la ciencia

El pensador francés Augusto Comte (1798-1857), al que se considera padre de la sociología y del positivismo, propuso su teoría de los tres estados de la humanidad, según la cual el ser humano habría pasado por tres etapas sucesivas (religiosa o teológica, metafísica o filosófica y científica o positiva).

La primera sería como la infancia de la humanidad, ya que el ser humano creía en espíritus (fetichismo), dioses (politeísmo) o en Dios (monoteísmo). La segunda, o etapa metafísica, constituiría la juventud de la humanidad, pues la religión sería sustituida por el estudio filosófico del ser (ontología) y supuestamente la verdad solo podría alcanzarse mediante los razonamientos humanos.

Por último, la etapa científica se veía como la completa madurez de la humanidad en la que la verdad solo estaría en las leyes naturales y el ser humano nunca podría llegar a conocer la causa original de los hechos.

Actualmente, los sociólogos saben que Comte se equivocó al pensar que el método positivo de la ciencia podía aplicarse también en política, moral o religión de la misma manera que se hacía en matemáticas, física o astronomía y su teoría de los tres estados se considera un mito más de la modernidad.

Sin embargo, muchos siguen todavía hoy aferrados a estas ideas contrarias a la existencia de Dios. Por ejemplo, Jesús Mosterín, quien fue catedrático de filosofía de la ciencia en la Universidad de Barcelona, termina su libro Ciencia viva con estas palabras: “Los límites del Universo inteligible son los límites de nuestros recursos intelectuales…, y no tienen por qué ser los límites de la realidad. (…) Solo un dios podría alcanzar ese límite y lograr que su Universo inteligible coincidiera con la realidad misma. Por desgracia, todo parece indicar que los dioses no existen”.

En mi opinión, Mosterín tiene razón en que los dioses no existen, sin embargo, el Hijo del único Dios verdadero sí que existió como hombre y caminó por los polvorientos caminos de Tierra Santa, tal como atestigua la Biblia

Estas opiniones escépticas reflejan la fe en la ciencia humana de hoy como único modo de conocer la verdad, y actualizan aquella mala elección original en el huerto de Edén. Muchos seres humanos continúan prefiriendo el árbol de la ciencia del bien y del mal antes que el árbol de la vida. 

Pero, como bien dice Alister McGrath, biofísico, teólogo y profesor de Ciencia y Religión en la Universidad de Oxford: “Los seres humanos somos libres de elegir nuestras propias historias de sentido y tenemos derecho a rebelarnos contra los relatos estrechos y limitadores que nuestra cultura trata de imponernos”.

La supuesta “muerte de Dios” predicada por Nietzsche a finales del XIX y el desencantamiento del mundo, motivado por el desarrollo de la ciencia, son responsables de la actual crisis de sentido que embarga a buena parte de Occidente.

Cuando no se cree en un Creador trascendente, ni en una vida eterna después de la muerte, algunos optan por fabricarse utopías e ilusiones míticas, como esta de pensar que la tecnociencia nos elaborará un mundo perfecto a nuestra imagen y semejanza en el que viviremos por siempre jamás. Y si la Tierra se nos agotara, nos iríamos a Marte a plantar patatas transgénicas en invernaderos burbuja, hasta que apareciera algún exoplaneta apropiado para volvernos a trasladar.

No obstante, ¿no sería mejor dejar de invertir tanto en Marte o en la búsqueda de exoplanetas y conservar los ecosistemas terrestres que todavía podemos salvar, así como eliminar la pobreza de tantas criaturas y la desigualdad humana del mundo? 

La triste realidad mil veces confirmada es que la tecnología sin escrúpulos solo puede liberar al ser humano a costa de destruir el planeta y la misma condición humana.

El Dios de la Biblia es celoso y no acepta ningún ídolo

El Dios que se revela en la Biblia es contracultural, va contra la cultura de los ídolos. En el Antiguo Testamento, vemos que Dios acepta a Israel, no porque este sea un pueblo rico, bueno o muy inteligente, sino para darle una misión concreta: predicar su nombre en toda la Tierra, destruir la superstición, la idolatría y hacer del mundo un lugar más solidario.

Jesús no aceptó tampoco los ídolos de su tiempo (como el poder, la injusticia, el legalismo o la falsa religiosidad), y por eso lo condenaron a muerte. La salvación del ser humano no la pueden dar los ídolos. Por eso, cambiar a Dios por los ídolos es el mayor pecado que se puede cometer porque atenta contra el Espíritu de Dios mismo.

Los evangelios recogen las palabras del Antiguo Testamento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo (Lc. 10:27).

La Biblia nos enseña que las personas fueron creadas para amarlas, y las cosas para utilizarlas. Pero el desorden de nuestro mundo consiste en que se aman las cosas y se utilizan a las personas. Este caos moral nos ha llevado a la actual crisis ecológica y a la desigualdad humana que afecta profundamente a la dignidad de la persona y a los derechos humanos básicos.

Nuestro mundo necesita con urgencia un cambio de mentalidad. Para que la vida en este planeta pueda continuar, hasta que el Señor venga, la sociedad necesita un cambio cultural, ético y espiritual que consiste en volver a la Palabra del único Dios verdadero. Porque la Biblia nos insta a amar al prójimo y a no utilizarlo nunca como un medio, ya que toda persona es un fin en sí misma.

¿Verdadero progreso?

La tecnología y la ciencia pueden ayudar a resolver muchos problemas humanos, pero es necesario ponerlas al servicio de todos, sobre todo de los más vulnerables. El mundo tiene que comprender que la ciencia por sí sola no es capaz de cambiar el corazón del ser humano. La ciencia y la técnica no pueden salvarnos, como muchos creen hoy.

El libro de Proverbios dice: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Pr. 4:23).

Solo un verdadero cambio del corazón nos hará progresar y dejar un mundo mejor a las generaciones venideras. El desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida superior no puede considerarse progreso.

La verdadera felicidad y el auténtico progreso humano no consisten en tener o poseer cada vez más cosas sino en relacionarnos adecuadamente con Dios, -a través de Jesucristo-, con las demás personas y con el resto de la creación que el Creador nos encomendó.

La mayor alegría de vivir y el mejor progreso es aquel que nos proporciona el amor, tal como dice el apóstol Pablo: Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.

Lo que verdaderamente puede hacernos progresar como personas y como sociedad es entender la felicidad en términos de relación con los demás, de vivir vidas más austeras y sobrias, de existir con lo que realmente necesitamos y de frenar ese deseo insaciable de poseer más cosas y objetos tecnológicos. 

En pocas palabras, hoy más que nunca, en vez de idolatrar los lujos que nos ofrece la tecnociencia, estamos llamados a vivir de manera más sencilla para que todos puedan vivir. Tal como escribió el apóstol Pedro: Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado (1ª P. 1:13).

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