Jesús, la luz del Mundo

Jesús, la luz del Mundo

La Biblia empieza con estas palabras: 

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena” (Gn. 1:1-4).

¿Qué es la luz? ¿Por qué constituye la primera y más fundamental creación del universo? ¿La antítesis bíblica “tinieblas-luz” tiene solo significado teológico o quizás expresa algo más?

La luz como mensajera

Todo lo que la ciencia ha descubierto del cosmos ha sido posible gracias a la luz. Ella nos trae información de las estrellas. Hoy por hoy, contrariamente a lo que los astrónomos creyeron durante siglos, la luz nos indica que el universo no es inmutable y eterno, sino dinámico, inmenso, en continua expansión y que tuvo un principio, según propone la famosa teoría del Big Bang.

La luz es la mensajera que nos revela las características de los cuerpos celestes y nos habla de planetas, soles, galaxias, supercúmulos de estrellas y agujeros negros. La luz esconde información esencial para poder entender el universo. 

Desde la perspectiva científica, la luz es radiación electromagnética que se transmite mediante fotones. Curiosos elementos que a veces se comportan como ondas y otras como partículas sin masa. Cada fotón lleva una energía determinada que es la que distingue a los distintos tipos de luz. Cuando esta se hace pasar por un prisma transparente —o por las gotas de la lluvia— descubrimos que la llamada luz blanca está en realidad formada por una mezcla de luces de colores, como evidencia el arco iris. Los fotones integrantes de cada una de tales tonalidades transportan también distintas cantidades de energía. Un fotón de luz azul, por ejemplo, lleva más energía que otro de luz roja. 

Aparte de la luz visible que podemos detectar gracias a nuestros órganos visuales, hay otros tipos de luz que no se dejan ver. Se trata de los muy energéticos rayos gamma, los famosos rayos X de las radiografías médicas, la luz ultravioleta que nos broncea, los rayos infrarrojos usados en los dispositivos de visión nocturna, las microondas con las que calentamos los alimentos y las ondas de radio o televisión que llevan muy poca energía.

Por tanto, la luz visible —comprendida entre los rayos ultravioletas y los infrarrojos— constituye una pequeña fracción de toda la amplia radiación electromagnética. 

La luz como viajera

A pesar de sus diferencias energéticas, todas las formas de luz viajan a la misma velocidad: 299.792 kilómetros por segundo en el vacío. De ahí que, redondeando, se hable de unos trescientos mil km/s.

De manera que la luz es el viajero más veloz del universo, capaz de dar siete vueltas a la Tierra en un solo segundo. Pero, a pesar de su vertiginosa rapidez, nos trae información de acontecimientos que ocurrieron hace muchísimo tiempo.

Para recorrer las inmensas distancias siderales, la luz puede tardar milenios o incluso miles de millones de años. Esto significa que la información que nos aporta refleja cómo eran las estrellas y los demás cuerpos celestes en el pasado remoto. Incluso es posible que la luz que nos llega provenga de objetos espaciales que ya no existen.

Por tanto, cuando miramos las estrellas a simple vista, estamos viendo en realidad la luz que emitieron hace cincuenta, quinientos o cinco mil años. Esto es precisamente lo que permite a astrónomos y cosmólogos teorizar acerca del Big Bang o del origen de las galaxias y estrellas.

No obstante, a pesar de las imágenes del pasado que nos permiten obtener los telescopios espaciales, tales como el Hubble o el futuro James Webb, que se lanzará el próximo 22 de diciembre (2021), existe un límite que no será posible traspasar. Se trata del llamado “momento de la recombinación” que habría tenido lugar unos 380.000 años después del inicio del Big Bang. Se cree que en ese tiempo, el universo se habría enfriado por debajo de los cuatro mil grados, permitiendo que los núcleos atómicos de los elementos simples y los electrones se unieran y formaran los primeros átomos neutros.

Y fue la luz

Se ha calculado que hasta 200 millones de años después del momento cero del Big Bang, el universo era oscuro. Aún no había soles ni estrellas que lo iluminaran. Pero, a partir de ese tiempo, se crearon las primeras estrellas y surgió la luz. Los fotones quedaron libres para viajar por el espacio y, gracias a la expansión del universo, pudieron llegar hasta nosotros hoy como el fondo cósmico de microondas. 

Precisamente porque el cosmos era oscuro al principio, los 380.000 años desde la Gran Explosión constituyen un muro infranqueable para la cosmología actual, que utiliza la luz como viajero del tiempo.

El Big Bang a la luz de la Biblia

La teoría del Big Bang se considera hoy como algo sólido y bien fundamentado, aunque todavía hay muchas preguntas que siguen sin respuesta. Uno de los problemas fundamentales es que la física actual es incapaz de explicar el instante cero de la creación. ¿Surgirá alguna vez otro Einstein que elabore una nueva física para explicar el milagro de la creación?

También es posible que el milagro sea milagro precisamente porque la ciencia humana no es capaz de entenderlo. De cualquier manera, llama poderosamente la atención aquella notable intuición que tuvo el autor del relato del Génesis. ¿Cómo pudo conocer la transición de las tinieblas a la luz miles de años antes de que la ciencia moderna la descubriera? ¿Fue casualidad o pura revelación divina? Yo creo que el mismo Espíritu de Dios, que se movía sobre la faz de las aguas, de alguna manera se lo manifestó.

En el Nuevo Testamento, el evangelista Juan recoge las palabras de Jesús:

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).

Cristo vino para traer otra clase de luz a la humanidad. No la luz física formada por fotones sino aquella que puede brillar en el alma humana. Él fue la luz verdadera que alumbra a todo hombre (Jn. 1:9), ya que trajo vida eterna a los mortales. Cuando esa luz ilumina nuestros pasos, desaparece la ceguera espiritual y todo adquiere verdadero sentido.

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