Sobre ofrendas y misiles

Sobre ofrendas y misiles

Me gustaría escribir unas líneas sobre aquella viuda que puso sus dos monedas en la ofrenda del templo, pero antes debo fijar mi atención en la frontera de Ucrania y Rusia.

Situación en la frontera

En el momento que escribo, el gigante transcontinental tiene dispuestos más de 100.000 soldados y una ingente cantidad de material bélico a lo largo del borde entre ambos países.

Mientras escribo, leo que zarpa un buque militar desde España para apoyar la presencia militar de la OTAN en esta área de Europa y que pronto enviará aviones de guerra.

Durante el día de hoy he escuchado a los grandes mandatarios lanzar amenazas cruzadas desde ambas orillas del Atlántico, como una gran partida global de Risk, pero con soldados de carne y hueso, y con bombas que matan de forma terriblemente óptima.

Pero mientras tanto… Covid-19

Y es que es paradójico que mientras redacto estas líneas, lo hago con una mascarilla FFP2, tras haber mostrado mi pasaporte Covid en una cafetería de Terrassa.

Aún estamos contando los muertos que cada día genera esta plaga a lo ancho del globo, aún tenemos seres queridos sufriendo el dolor de esta pandemia, mientras nuestros príncipes están buscando nuevas excusas para causar muerte y destrucción a gran escala.

En su lógica geopolítica global, el temor a la muerte, a la destrucción masiva, el terror al más absoluto desastre se convierte en el principal argumento para tratar de mantener una relativa paz.

No temáis

Mientras unos se dedican a sembrar miedo, resuena en mí la voz del maestro, aquel que nos susurra al oído dos palabras que, unidas, resultan asombrosas: “no temáis”. 

Jesús conocía profundamente su propio corazón humano, sabía que la vida es compleja, que el dolor es real y el temor a sufrirlo puede llegar a atenazarnos. Sabía en su experiencia que debía beber una copa llena de rechazo, de insulto y de abandono; una copa de separación y el tremendo dolor físico.

El temor era tan extremo que el sufrimiento le puso de rodillas, el estrés era de tal intensidad que el sudor le caía como gotas de sangre. Desde esa comprensión del dolor nos dice que no temamos, que nuestro corazón no se agobie, que confiemos en Él.

La mujer que ofrendó dos monedas

Haciendo mía esa promesa, me gustaría escribir unas líneas sobre aquella mujer que se acercó al templo con lo que tenía y lo puso en la caja de las ofrendas. Deseo escribir unas palabras sobre esta pequeña anécdota que llamó la atención de Jesús. 

Quiero fijarme en aquello en lo que se fija también el Creador, mucho más que en esas noticias que llenan titulares y que nos llenan de temor ante la incertidumbre. Aquella viuda destacó por encima de la belleza del templo, de las obras de los ricos y de las palabras de los poderosos. 

La viuda recibió el reconocimiento de Dios mismo al haber puesto su confianza solo en Él. Ella decidió confiar su preciosa vida a Dios y no solo las sobras. Jesús nos dio la clave: no era la cantidad sino la calidad. El corazón, las intenciones, la humildad y la fe son los elementos que marcan la diferencia.

Nadie en el templo se había fijado en ella, solo aquel que mira directamente al corazón. Los ojos de Jesús la vieron, y sus labios la ensalzaron. Desde entonces hasta hoy, todos los discípulos de Jesús tratamos de aprender la lección de aquella mujer anónima para la mayoría, pero no para Él.

Confiemos en Jesús

A pesar de que las naciones siguen fabricando y desplegando armamento, y el dolor de la enfermedad permanentemente nos azota, y aunque no sabemos qué nos deparará el futuro ni qué mundo heredarán nuestros hijos; mientras persista esta incertidumbre real y dolorosa, podemos seguir confiando en las palabras de Jesús: no temáis, yo soy.

En medio de este ruido que nos rodea, el maestro nos invita a seguir el ejemplo de aquella mujer y derramar nuestra vida ante Él, disfrutando de la paz y de la plena certeza del amor de Dios. 

En esto consiste el amor verdadero: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados.

1ª de Juan 4:10 NTV
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