¿Dónde está Dios? Quizá donde menos lo esperas

¿Dónde está Dios? Quizá donde menos lo esperas

Cada día buscamos cosas. Algunas muy concretas: una dirección, el tiempo que hará mañana, el resultado de un partido, una noticia que acabamos de escuchar, un lugar al que ir de vacaciones o el nombre de alguien que nos suena pero que no acabamos de situar. Abrimos Google, escribimos unas palabras y esperamos encontrar una respuesta en pocos segundos.

Nos hemos acostumbrado tanto que casi cualquier duda parece tener una respuesta al alcance de la mano. Pero hay preguntas que no funcionan así.

¿Dónde está Dios? ¿Cómo podemos encontrar a Dios? ¿Dónde debemos buscarlo?

Hace poco, leyendo Encuentre a Dios en lugares inesperados, de Philip Yancey, volví a encontrarme con esta pregunta. No tanto porque el libro ofrezca una fórmula para encontrar a Dios, sino porque obliga a revisar una idea que quizá tenemos demasiado asumida: que ya sabemos dónde esperarlo.

Es fácil pensar en Dios cuando entramos en una iglesia, cuando abrimos la Biblia, cuando oramos o cuando algo nos lleva explícitamente hacia la fe. Pero ¿qué pasa con el resto? Con un lunes cualquiera, con una conversación que no teníamos prevista, con una persona que pasa desapercibida, con una noticia que nos remueve o con un momento de la vida que, a primera vista, no tiene nada de espiritual.

La pregunta no es solo dónde está Dios, sino dónde lo buscamos nosotros cuando queremos encontrarlo.

Y quizá, a veces, el problema es que esperamos encontrarlo solo allí donde ya habíamos decidido que debía estar.

Quizá esperamos encontrar a Dios en los lugares equivocados

Cuando pensamos en buscar a Dios, hay lugares que nos vienen a la cabeza casi de manera automática: una iglesia, una Biblia abierta, una oración, un culto, una canción. Y es normal. Son espacios en los que, de manera intencionada, ponemos nuestra atención en Él.

El problema no es buscar a Dios allí.

El problema aparece cuando, sin darnos cuenta, empezamos a pensar que solo podemos encontrarlo allí.

A veces dividimos la vida en compartimentos demasiado definidos: el domingo es espiritual y el lunes es vida normal; la oración es sagrada y el trabajo es simplemente trabajo; la Biblia habla de Dios, pero una conversación, un trayecto, una interrupción o un rato de silencio parecen pertenecer a otra categoría.

Y esa separación puede hacernos perder muchas cosas.

Porque, si Dios es realmente Dios, no puede quedar encerrado dentro de los espacios que nosotros hemos etiquetado como religiosos.

También puede hacerse presente en aquella conversación que no esperábamos tener. En una persona a la que inicialmente no habríamos prestado demasiada atención. En un trabajo repetitivo. En un viaje. En una pregunta que nos incomoda. En una dificultad que nos obliga a mirar la vida de otra manera. Incluso en una interrupción que, en ese momento, solo nos parece una molestia.

No quiero decir con esto que cada cosa que nos ocurre sea un mensaje secreto de Dios que tengamos que descifrar. Ni que todo tenga una explicación espiritual inmediata.

Es más sencillo que eso.

Se trata de aprender a vivir con los ojos un poco más abiertos. De dejar de preguntarnos únicamente si Dios está presente en los momentos que nosotros consideramos espirituales y empezar a preguntarnos si también podemos reconocerlo en el resto de la vida.

Porque quizá no es que Dios aparezca solo de vez en cuando.

Somos nosotros quienes, con demasiada frecuencia, solo lo buscamos en determinados lugares.

En las personas que no impresionan a nadie

Vivimos en un mundo que nos invita constantemente a medirnos. Por el currículum, por el trabajo que tenemos, por lo que hemos conseguido, por el dinero, por los seguidores, por nuestra capacidad de destacar o de hacernos visibles. Incluso sin darnos cuenta, acabamos aplicando esos mismos criterios a los demás.

Philip Yancey lo resume con una frase que me llamó especialmente la atención:

«La verdadera medida de nuestro valor no depende de nuestro currículum, sino del espíritu que transmitimos a los demás». —Philip Yancey

Es una forma muy diferente de mirar a una persona.

En los evangelios, Jesús también mira a las personas de otra manera. Una y otra vez lo vemos detenerse ante quienes para muchos no contaban demasiado: enfermos, pobres, extranjeros, personas ignoradas o con mala reputación, gente que no tenía nada que exhibir. A menudo, aquellos a quienes los demás pasaban por alto eran precisamente quienes recibían su atención.

En Mateo 25, Jesús dice algo todavía más desconcertante: «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».

Es decir: encontrar a Dios no siempre consiste en mirar más lejos, más arriba o hacia algún lugar especialmente espiritual. A veces tiene mucho que ver con mirar bien a quien tenemos delante.

La persona a la que nadie escucha.
Aquella que no puede ofrecernos nada a cambio.
Quien no tiene una historia espectacular que contar.
Quien nunca aparecerá en nuestro currículum ni nos ayudará a mejorar nuestra imagen.

Una de las preguntas más incómodas que podemos hacernos es esta: ¿cómo tratamos a las personas a las que no necesitamos impresionar?

Porque es relativamente fácil ser atento con alguien importante, con alguien a quien admiramos o que puede abrirnos una puerta. Otra cosa es la manera en que miramos, escuchamos y tratamos a aquella persona de la que no esperamos nada.

Y es aquí donde la frase de Yancey adquiere otra dimensión. Quizá nuestro valor no se mide solo por lo que hemos construido o conseguido, sino también por lo que dejamos en los demás: paz o inquietud, dignidad o indiferencia, esperanza o cansancio, gracia o juicio.

A veces buscamos a Dios mirando hacia arriba mientras Él nos está esperando en la persona que tenemos delante.

También cuando la vida no sigue el guión

Hay momentos en los que resulta relativamente fácil hablar de encontrar a Dios en la vida cotidiana: en una conversación, en una persona, en un rato de silencio, en un paisaje o en una experiencia que nos sorprende.

Pero la vida cotidiana también tiene otra cara.

Louise Adamson lo expresa con una imagen muy gráfica:

«Las crisis de las personas no se pueden estructurar. Llegan sin avisar, como un tornado». —Louise Adamson

Y es así. Hay cosas que no caben en el calendario.

Una enfermedad.
Una llamada.
Una ruptura.
Una pérdida.
Una noticia inesperada.

La vida no nos pregunta si es un buen momento. No espera a que estemos preparados. Simplemente, a veces, irrumpe.

Y entonces la pregunta cambia.

Ya no se trata solo de si podemos encontrar a Dios en lo cotidiano, sino de si también podemos encontrarlo en aquello que nunca habríamos elegido vivir.

Eso no significa que cada desgracia sea enviada por Dios para enseñarnos algo. Ni que, ante el dolor, tengamos que buscar rápidamente una explicación espiritual que lo justifique todo. Hay sufrimientos que no entendemos, situaciones que no tienen una respuesta fácil y heridas que no se resuelven con una frase bienintencionada.

Pero incluso allí, en medio de aquello que no habríamos elegido, Dios puede hacerse presente.

En la persona que se queda cuando los demás no saben qué decir. En una comunidad que sostiene. En una mano que acompaña. En una palabra que llega justo cuando la necesitamos. En una fuerza que no sabíamos que teníamos. O, a veces, simplemente en la posibilidad de llorar, protestar y preguntar sin tener que fingir que todo está bien.

La Biblia no oculta esta manera de relacionarse con Dios. Los salmos están llenos de personas que no solo alaban, sino que también preguntan, reclaman y claman:

«¿Hasta cuándo, Señor?»

Y eso también puede ser encontrar a Dios.

No porque ya tengamos la respuesta, sino porque, incluso en medio de la pregunta, seguimos hablando con Él.

La presencia de Dios no siempre elimina inmediatamente el tornado. Pero puede ser el lugar en el que descubrimos que no tenemos que atravesarlo solos.

Quizá el problema es que pensamos que algo es nuestro

Hay otra idea del libro que se me quedó resonando:

«Solo hay un verdadero Dador en el universo; todos los demás somos deudores». —Philip Yancey

Es una frase incómoda, sobre todo porque vivimos en una cultura que nos invita constantemente a pensar en términos de propiedad, mérito y control.

Mi vida.
Mi tiempo.
Mi trabajo.
Mi dinero.
Mis capacidades.
Mis proyectos.
Mi gente.

Y, evidentemente, hay cosas de las que somos responsables y que nos corresponde cuidar. Pero una cosa es responsabilizarnos de lo que tenemos y otra pensar que somos su origen.

No nos hemos dado la vida a nosotros mismos. No hemos escogido a todas las personas que nos han amado, ni todas las oportunidades que nos han llegado. No hemos fabricado el tiempo que tenemos, ni la capacidad de amar, de aprender, de crear o de empezar de nuevo.

Antes de ser personas que consiguen cosas, somos personas que han recibido.

Esta es otra manera de empezar a ver a Dios en lugares inesperados: mirar la realidad no solo como algo que poseemos, sino también como algo que nos ha sido confiado.

Esto va más allá de decir simplemente que debemos ser más agradecidos. La gratitud puede convertirse fácilmente en una lista de cosas buenas que tenemos. Aquí hay algo más profundo: reconocer que vivimos gracias a cosas que nosotros no hemos producido.

Respiramos un aire que no hemos creado. Habitamos un mundo que ya estaba aquí antes de que llegáramos. Aprendemos palabras que otros nos han enseñado. Somos, en gran parte, fruto del amor, la paciencia, las oportunidades e incluso los sacrificios de otras personas.

Cuando empezamos a mirar así, también cambia la manera en que nos relacionamos con lo que tenemos.

Si todo es exclusivamente mío, la pregunta es: ¿qué puedo sacar de ello?

Si lo he recibido, aparece otra pregunta: ¿qué voy a hacer con ello?

Encontrar a Dios también puede tener que ver con aprender a recibir. No solo pedirle cosas. No solo intentar conseguir más. Recibir la vida, las personas, el tiempo y las oportunidades con las manos abiertas.

Porque cuando dejamos de ver la realidad únicamente como una posesión, empezamos a descubrirla también como un regalo.

Y, detrás del regalo, quizá empezamos a reconocer al Dador.

Conclusión

Volvamos a la pregunta del principio:

¿Dónde está Dios?

Quizá la dificultad no es que Dios se haya escondido. Quizá es que nosotros ya habíamos decidido de antemano dónde debíamos encontrarlo.

En una iglesia, sí.
En una oración, sí.
En la Biblia, sí.

Pero también en aquella persona a la que casi no habíamos visto. En aquella conversación que no estaba prevista. En una interrupción. En una etapa difícil. En aquello que hemos recibido sin haberlo merecido ni controlado. Incluso en una situación que todavía no sabemos explicar.

Y aquí el cristianismo hace una afirmación sorprendente.

Dios mismo decidió dejarse encontrar de una manera que casi nadie habría imaginado: en un niño nacido lejos del poder, en un hombre de Nazaret que caminaba entre personas corrientes y, finalmente, en una cruz.

No en los lugares donde el mundo suele buscar grandeza, éxito o fuerza.

Esto no significa que tengamos que ver un mensaje oculto en todo lo que nos ocurre. Pero sí nos invita a mirar de otra manera.

A prestar más atención.

A las personas.
A lo que recibimos.
A los momentos que rompen nuestros planes.
A las cosas pequeñas que normalmente pasarían desapercibidas.

Encontrar a Dios no siempre empieza con una gran experiencia espiritual.

A veces comienza simplemente cuando nos damos cuenta de que Dios ya estaba aquí.

Y si es así, quizá la pregunta final no sea solo «¿dónde está Dios?», sino otra:

¿Y si Dios está más cerca de lo que piensas?

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