¡No robes!

¡No robes!

Desde que era una adolescente, procuro nadar cada día un rato. Es algo que me gusta y me relaja. A menudo, cuando me cambio y cuelgo mi ropa, observo que las perchas son diferentes. Hoy escuchaba a la persona que se ocupa de la limpieza y el orden del vestuario comentar con otra usuaria que tenía que poner más perchas porque desaparecen. No se rompen, sencillamente alguien se las lleva.

Reflexión sobre el robo cotidiano

Mi hijo es enfermero de urgencias en uno de los hospitales públicos del país. Pocos días después de empezar a trabajar, al no tener un armario donde guardar sus cosas, echó en falta su neceser, donde llevaba, entre otras cosas, el fonendoscopio.

Recuerdo que hace unos años comenté con el gerente de un restaurante de comida rápida que, en los locales de la misma marca en otros países, había tronas para bebés. Su respuesta fue: "Aquí también, hasta que me cansé de ir detrás de aquellos clientes que se las llevaban."

No sé por qué, en estos y muchos otros detalles cotidianos, nos hemos convertido en una sociedad muy laxa, donde muchas personas se han convencido de que esto no es robar.

La realidad del robo

Pero la definición de robar es: apropiarse indebidamente de algo que es propiedad de otro.

A pesar de esta definición, parece fácil convencerse interiormente de que estas acciones, que generalmente no tienen ninguna consecuencia, tampoco tienen importancia. Al contrario, es como si fuera de listos aprovechar la ocasión.

Así es como dejamos de ver los principios que rigen la base de la convivencia humana, como el "No robes", para pensar que esto simplemente es cambiar las cosas de lugar.

NO ROBES.
Éxodo 20:15

 

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