El trabajo también forma parte de la fe

El trabajo también forma parte de la fe

Septiembre suele devolvernos a la rutina. Después de las vacaciones, volvemos al trabajo, a los estudios, a los horarios, a las reuniones y a todas aquellas responsabilidades que habíamos dejado momentáneamente a un lado. Recuperamos el despertador, las prisas y una agenda que, casi sin darnos cuenta, vuelve a llenarse.

El trabajo ocupa una parte muy importante de nuestra vida. No solo por las horas que le dedicamos, sino también por todo lo que conlleva: preocupaciones, relaciones, decisiones, satisfacciones, cansancio y, a veces, frustración. Para muchas personas, es el espacio en el que transcurre buena parte de cada día.

Sin embargo, a menudo nos cuesta relacionar ese tiempo con nuestra fe. Nos resulta natural pensar en Dios cuando oramos, leemos la Biblia, participamos en el culto o servimos en la iglesia. Pero no siempre sabemos qué tiene que ver con los correos que respondemos, las clases que preparamos, los clientes que atendemos, las personas a las que cuidamos o las tareas que repetimos cada día.

Y creo que esta dificultad debería hacernos pensar. Si la fe solo tiene que ver con determinados momentos de la semana, ¿qué ocurre con todas las horas que dedicamos a trabajar? ¿Puede quedar una parte tan importante de nuestra vida al margen de nuestra relación con Dios?

Una fe limitada al domingo

Quizá una parte del problema sea que hemos aprendido a dividir la vida en compartimentos. Por un lado, están las actividades que identificamos fácilmente con la fe: orar, leer la Biblia, participar en el culto o colaborar en algún ministerio. Por otro, está todo aquello que consideramos cotidiano: trabajar, estudiar, cuidar de la familia, administrar recursos, resolver problemas o cumplir con nuestras responsabilidades.

Esta separación puede llevarnos a pensar que servimos a Dios sobre todo dentro de la iglesia, mientras que el resto de la semana simplemente nos ocupamos de las cosas necesarias para vivir. Pero la Biblia presenta una visión mucho más amplia.

En el relato del Génesis, el trabajo aparece antes de la entrada del pecado. Dios pone al ser humano en el jardín del Edén «para que lo cultivase y lo guardase» (Génesis 2:15). Por tanto, trabajar no es una consecuencia de la caída ni un castigo. Forma parte del proyecto original de Dios para la humanidad: cultivar, cuidar, desarrollar, crear y contribuir al bien del mundo que nos ha confiado.

Esto incluye mucho más que una profesión o un trabajo remunerado. También trabajamos cuando cuidamos de una persona, educamos a nuestros hijos, preparamos una comida, mantenemos una casa, estudiamos o ponemos nuestras capacidades al servicio de los demás. Son maneras de participar en el cuidado y el desarrollo de la vida.

La fe, por tanto, no debería quedar limitada al domingo. El Dios al que encontramos en el culto es también el Dios que nos acompaña el lunes cuando retomamos nuestras responsabilidades. Ahora bien, reconocer que el trabajo forma parte de su proyecto no significa ignorar que, muchas veces, trabajar también puede llegar a ser duro.

Cuando el trabajo pesa

Reconocer el trabajo como una parte del proyecto de Dios no significa idealizarlo. La misma Biblia que nos muestra al ser humano cuidando el jardín también habla de una tierra que produce «cardos y espinas» y de un pan que se obtiene con fatiga (Génesis 3:17-19). El pecado no crea el trabajo, pero sí altera profundamente nuestra experiencia de él.

Esos cardos y espinas siguen presentes hoy, aunque adopten otras formas. Los encontramos en la precariedad, en los horarios que dificultan la vida familiar, en la presión constante por producir más, en la competitividad, en los conflictos entre compañeros o en la falta de reconocimiento. También aparecen cuando un trabajo se vuelve monótono, cuando no vemos ningún resultado o cuando sentimos que nuestras capacidades no son valoradas.

Para algunas personas, el trabajo es una fuente de satisfacción y crecimiento. Para otras, es sobre todo una necesidad que permite llegar a fin de mes. Y, a veces, es un espacio de abuso, injusticia o agotamiento. También pesa la falta de trabajo, la incertidumbre de no saber qué ocurrirá mañana o la sensación de no encontrar un lugar donde aportar aquello que sabemos hacer.

Hablar del trabajo desde la fe no consiste en disimular estas realidades con palabras espirituales ni en afirmar que todo depende de nuestra actitud. Hay situaciones que deben cambiar, injusticias que hay que denunciar y límites que hay que establecer. Dios también se interesa por el cansancio, la frustración y las condiciones en las que trabajamos.

El trabajo sigue teniendo valor, pero ya no siempre se vive como fue pensado. Por eso puede darnos alegría y, al mismo tiempo, agotarnos; puede permitirnos servir a los demás y, a la vez, hacernos sentir atrapados. Precisamente en medio de esta tensión, necesitamos recordar que el valor de nuestra vida no depende únicamente de lo que hacemos ni de lo que somos capaces de producir.

Somos más que lo que hacemos

Una de las preguntas más habituales cuando conocemos a alguien es: «¿A qué te dedicas?». La respuesta suele referirse al trabajo, pero fácilmente acabamos identificando a la persona con su ocupación. Somos informáticos, médicos, maestros, comerciales, mecánicos, administrativos o diseñadores. Como si el cargo que figura en una tarjeta o en un perfil profesional pudiera explicar quiénes somos.

Puede ayudarnos distinguir entre ocupación, profesión y vocación. La ocupación es el trabajo concreto que tenemos en un momento determinado y que puede cambiar a lo largo de la vida. La profesión está relacionada con los conocimientos, las capacidades y el ámbito en el que nos hemos formado. La vocación, en cambio, es más profunda y más amplia: tiene que ver con la llamada de Dios y con la manera en que ponemos nuestra vida a su servicio y al servicio de los demás.

La historia de José lo ilustra bien. A lo largo de su vida pasó por situaciones muy distintas: cuidó los rebaños de su padre, sirvió en casa de Potifar, fue encarcelado y, finalmente, llegó a administrar Egipto. Sus ocupaciones y sus circunstancias cambiaron radicalmente, algunas veces sin que él pudiera decidirlo. Pero ninguno de aquellos cargos, ni siquiera el más importante, definía por completo quién era.

En una cultura que nos mide por los resultados, podemos acabar pensando que valemos tanto como producimos. Si tenemos éxito, nos sentimos importantes; si fracasamos, perdemos el trabajo o ya no podemos mantener el mismo ritmo, nuestra identidad se tambalea. Pero nuestro valor no depende de la productividad, del reconocimiento ni de la posición que ocupamos.

Antes de ser llamados a hacer algo, somos llamados por Alguien. La primera llamada no es a ocupar un cargo, sino a vivir en relación con Dios. Es desde esta relación desde donde podemos descubrir cómo servirlo en cada etapa, tanto si nuestra ocupación coincide con lo que consideramos nuestra vocación como si, por el momento, solo nos permite sostener la vida y cumplir con nuestras responsabilidades.

El trabajo forma parte de nosotros, pero no nos define por completo. Somos más que nuestros éxitos y más que nuestros fracasos. Y esta libertad nos permite trabajar sin convertir el trabajo en la medida definitiva de nuestro valor.

Trabajar con fe, esperanza y amor

La historia de Jacob nos ofrece una imagen sorprendente. Jacob trabajó siete años para poder casarse con Raquel, pero el relato dice que «le parecieron pocos días, porque la amaba» (Génesis 29:20). El trabajo no era menos duro ni los años pasaron más deprisa. Lo que había cambiado era el sentido que Jacob daba a aquel esfuerzo: sabía por quién y por qué trabajaba.

Esto no significa que el amor convierta automáticamente cualquier situación laboral en una experiencia agradable. El propio Jacob sufrió el engaño y la explotación de Labán. La Biblia no justifica el trato injusto que recibió. Pero su historia muestra que un trabajo vivido con un propósito no se percibe de la misma manera que un trabajo vacío de sentido.

Pablo habla de «la actividad de la fe, el esfuerzo del amor y la constancia de la esperanza» (1 Tesalonicenses 1:3). Estas tres virtudes, que forman parte de la vida cristiana, también pueden dar forma a nuestra manera de trabajar.

Trabajar con fe es reconocer que Dios también está presente en lo que hacemos cada día. Es actuar con integridad aunque nadie nos observe, tomar decisiones coherentes con lo que creemos y confiar en Dios incluso cuando no controlamos los resultados.

Trabajar con amor es mirar más allá de la tarea y ver a las personas a las que afecta. Es tratar con respeto a los compañeros, escuchar, compartir conocimientos, cuidar los detalles y procurar que nuestro trabajo contribuya al bien de los demás. No todos los trabajos nos apasionarán, pero en casi todos podemos encontrar alguna manera concreta de amar y servir.

Trabajar con esperanza es no permitir que la frustración tenga la última palabra. Es saber que nuestras circunstancias actuales no son definitivas y que Dios sigue actuando incluso cuando nosotros no vemos los frutos de nuestro esfuerzo. La esperanza nos da constancia, pero también libertad para reconocer cuándo algo debe cambiar.

La fe, el amor y la esperanza no eliminan el cansancio ni resuelven todas las dificultades laborales. Pero pueden transformar la manera en que nos situamos ante lo que hacemos: con quién trabajamos, por qué lo hacemos y en qué clase de personas nos estamos convirtiendo mientras lo hacemos.

El Espíritu también trabaja con nuestras manos

Cuando pensamos en una persona llena del Espíritu de Dios, quizá imaginemos a alguien predicando, orando o ejerciendo algún ministerio dentro de la iglesia. Pero una de las primeras personas de las que la Biblia dice explícitamente que fue llena del Espíritu es Bezalel, un artesano.

Dios lo escogió para participar en la construcción del tabernáculo y dijo de él: «Lo he llenado del espíritu de Dios para que tenga sabiduría, inteligencia y conocimiento en toda clase de trabajos» (Éxodo 31:3). Bezalel sabía diseñar, trabajar los metales, tallar piedras y labrar la madera. El Espíritu de Dios no solo le dio una tarea, sino también creatividad, criterio y habilidad práctica para llevarla a cabo.

Junto a él estaban Oholiab y muchas otras personas capacitadas para trabajar en aquel proyecto. No era la obra de un individuo aislado, sino el resultado de dones diferentes, conocimientos compartidos y un trabajo realizado en comunidad. Cada uno contribuía con aquello que sabía hacer.

Este relato amplía nuestra manera de entender los dones y el servicio. A menudo valoramos más las capacidades que se ven sobre la plataforma o que tienen una expresión claramente religiosa. Pero Dios también puede servirse de las manos que construyen, reparan o cuidan; de la mente que organiza, investiga o resuelve problemas; y de la sensibilidad que diseña, comunica o crea belleza.

Esto no significa que todo lo que hacemos sea automáticamente un servicio a Dios. También importan la finalidad, la manera de trabajar y las consecuencias de nuestro trabajo. Pero sí significa que las habilidades técnicas, la creatividad, el orden, la excelencia y el cuidado de los detalles también pueden ponerse al servicio de Dios y de los demás.

El Espíritu no actúa únicamente a través de nuestras palabras. También puede actuar por medio de nuestra inteligencia, nuestra imaginación y nuestras manos. Por eso, volver al trabajo puede ser también una oportunidad para reconocer, desarrollar y ofrecer a Dios las capacidades que nos ha dado.

Conclusión

Quizá este septiembre volvamos exactamente al mismo lugar, con las mismas tareas, los mismos horarios y algunas de las mismas dificultades. No siempre podemos elegir el trabajo que hacemos ni transformar inmediatamente las condiciones en las que lo hacemos. Pero podemos empezar a mirarlo de otra manera.

Podemos recordar que el trabajo forma parte del proyecto de Dios, aunque también esté marcado por los cardos y las espinas de un mundo herido. Podemos dejar de buscar en él toda nuestra identidad y reconocer que nuestro valor no depende del cargo, de los resultados ni del reconocimiento que recibimos. Podemos trabajar con fe, esperanza y amor, poniendo nuestras capacidades al servicio de Dios y de las personas que nos rodean.

Esta mirada no hará desaparecer la rutina, el cansancio o los conflictos. Tampoco nos obliga a conformarnos con situaciones injustas. Pero nos ayuda a entender que las horas que pasamos trabajando no quedan fuera de nuestra vida con Dios. También allí podemos vivir con integridad, cuidar a los demás, crear, aprender, servir y contribuir al bien común.

Volver al trabajo con una mirada nueva no significa convertir cada tarea en una experiencia extraordinaria. Significa reconocer que también en lo cotidiano podemos vivir nuestra fe. Quizá, entonces, la pregunta con la que deberíamos comenzar esta nueva etapa sea:

¿Qué podría cambiar esta semana si entendiera que mi trabajo también forma parte de mi fe?

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